El pasado inacabado: Proyección, selección y legitimación
Ensayo sobre la reescritura del tiempo y la ética de la interpretación.
I. El pasado como proceso, no como depósito
Sostener que el pasado nunca termina de ocurrir no es una licencia poética, sino una tesis ontológica: el pasado no es un bloque de mármol cerrado, sino un campo de fuerzas en permanente reactivación. Su forma no depende de lo que "fue", sino de los futuros que imaginamos y de las trayectorias que decidimos —o tememos— recorrer.
Cada proyecto de futuro reorganiza el pasado que lo precede. No altera los hechos, pero reconfigura su jerarquía, su visibilidad y su sentido. El pasado, por tanto, no es un archivo inerte, sino una materia plástica que el presente moldea para explicarse a sí mismo.
II. La flecha invertida: El futuro como autor del pasado
Toda lectura del ayer contiene un futuro implícito. No existe la reconstrucción neutral; allí donde creemos descubrir "raíces" o "continuidades", a menudo estamos proyectando el anclaje de una dirección que ya hemos tomado.
Esta lectura retrospectiva opera en dos niveles:
En lo biográfico: Reintegramos nuestra infancia no como fue, sino como el adulto que somos necesita que haya sido para dar sentido a su dolor o a su éxito.
En lo colectivo: Relebamos las tradiciones no para rescatarlas, sino para reclutarlas en las batallas del presente.
El pasado funciona así como un repertorio de posibilidades: no es el origen de nuestro camino, sino el material con el que pavimentamos la dirección que ya hemos elegido.
III. El hiato ético: Comprender frente a Legitimar
La distinción crucial reside en la honestidad del movimiento intelectual.
Comprender implica encontrar en el pasado elementos que hagan inteligible nuestra situación actual, respetando la alteridad de lo que fue.
Legitimar implica ocupar el pasado para dar un barniz de autoridad a ideas que nacen de un deseo contemporáneo.
El problema no es que el pasado sea leído desde el futuro —ese es el destino de toda hermenéutica—, sino la borradura de la dirección. La manipulación ocurre cuando presentamos una intuición nueva como si fuera una herencia antigua, ocultando que el movimiento va de nosotros hacia ellos, y no al revés.
IV. El pasado como espejo retrovisor del deseo
Cuando una idea carece de la fuerza necesaria para sostenerse por su propio peso, suele buscar refugio en dos tótems: la ciencia o la antigüedad. Si la ciencia es esquiva, el pasado cumple la función de otorgar espesor.
Ideas éticas, terapéuticas o espirituales se visten con ropajes ancestrales para evitar la fragilidad de justificarse en el presente. El pasado se convierte entonces en un espejo retrovisor del deseo: no observamos lo que sucedió, sino lo que necesitamos que haya sucedido para no sentirnos huérfanos de razón.
V. Hermenéutica de la distancia
La interpretación honesta no borra la distancia entre el texto y el intérprete; la habita. El pensamiento comienza cuando reconocemos que el pasado es una tierra extraña.
La crisis ética del tiempo surge cuando no declaramos la reescritura. Una hermenéutica responsable debería ser capaz de decir: “Esto no es lo que el pasado dice; esto es lo que yo decido hacer hoy con los fragmentos de ese pasado”. Esa transparencia es la única que nos devuelve la soberanía sobre nuestro tiempo.
VI. Genealogía frente a Coartada
Existe una diferencia radical entre el rastro y la máscara:
La Genealogía es honesta: rastrea desvíos, accidentes y rupturas. Muestra cómo llegamos aquí a pesar de la contingencia.
La Coartada es determinista: borra el azar y transforma el recorrido en destino. Convierte el "podría haber sido" en un "siempre tuvo que ser".
Al usar el pasado como coartada para ideas aún frágiles, clausuramos la potencia del presente. Transformamos la historia en una mitología funcional que nos ahorra el esfuerzo de argumentar.
VII. El pasado como interlocutor, no como juez
La formulación definitiva es esta: el pasado puede ser un interlocutor, pero nunca un juez. Puede cuestionar nuestra comodidad, ofrecernos imágenes que nos incomoden o recordarnos lo que hemos olvidado. Pero no puede otorgar certificados de validez ni absolvernos de la responsabilidad de pensar.
Cuando el pasado legitima sin discusión, se convierte en un ídolo mudo. Solo cuando le permitimos resistirse a nuestras categorías, el pasado empieza realmente a hablarnos.
Cierre
El pasado no termina de ocurrir porque el futuro no deja de ser imaginado. Pero entre comprender esta dinámica y usarla como estrategia de camuflaje intelectual existe una línea sutil que define nuestra integridad.
Respetar esa línea es asumir el riesgo del presente: aceptar que nuestras ideas —por más inspiradas o luminosas que sean— deben responder ante nuestros contemporáneos aquí y ahora, sin esconder su fragilidad detrás de una antigüedad de conveniencia.