martes, enero 06, 2026

El pasado como coartada: Tradición, invención y legitimación

Una crítica a la autoridad retrospectiva en el pensamiento contemporáneo.

I. El prestigio de lo arcaico

Toda época dialoga con su pasado, pero no toda conversación es honesta. En la actualidad, especialmente en las periferias de la filosofía, la espiritualidad y la psicología, se observa un fenómeno creciente: la apelación a lo ancestral —lo andino, lo egipcio, lo hermético— no como una fuente de inspiración, sino como una fuente de inmunidad.

No asistimos a una recuperación histórica, sino al uso del pasado como coartada epistemológica. La pregunta no es si interpretamos el pasado desde el presente —toda hermenéutica es situada—, sino si asumimos esa interpretación como una construcción propia o si la disfrazamos de herencia directa para dotarla de una autoridad que no nos atrevemos a sostener con argumentos propios.

II. La ontología del argumento antiguo

El pasado posee una fuerza simbólica asimétrica: lo antiguo se percibe como profundo; lo originario, como verdadero. Esta asociación convierte a la cronología en un argumento de validez. Sin embargo, en un pensamiento riguroso, la verdad no se hereda por linaje, sino que se justifica por su capacidad explicativa.

Es crucial distinguir tres estratos que hoy suelen colapsar deliberadamente:

  1. Historia: Reconstrucción crítica y técnica de textos y contextos.

  2. Tradición: Transmisión viva y dialéctica, que solo sobrevive si se traiciona (se reinterpreta).

  3. Autoridad simbólica: El uso del pasado como un axioma incuestionable que clausura el debate.

Cuando una idea se presenta como válida no por su coherencia o eficacia, sino porque "ya estaba allí", abandonamos la filosofía para entrar en la retórica de la procedencia.

III. El anacronismo productivo: El espejo del Hermetismo

El hermetismo es el laboratorio perfecto de esta operación. Existen textos reales y debates filológicos complejos; pero sobre ellos se ha erigido un "hermetismo" moderno que habla de frecuencia, vibración, energía y co-creación.

No estamos ante una mentira, sino ante un anacronismo funcional. Proyectamos categorías de la física popular y la psicología humanista del siglo XX sobre papiros del siglo II. El riesgo no es que estas ideas sean erróneas, sino que, al atribuirlas a la antigüedad, las sustraemos de la crítica. El pasado deja de ser un archivo para convertirse en una pantalla de proyección donde el presente busca legitimarse a sí mismo.

IV. Romanticismo epistémico y la alteridad andina

Algo similar ocurre con la "sabiduría ancestral" indígena. Al intentar transformar cosmologías relacionales y rituales en sistemas abstractos equivalentes a la filosofía griega, incurrimos en una forma sutil de colonialismo: obligar al otro a hablar en nuestras categorías para poder admirarlo.

Esta operación suele:

  1. Descontextualizar: Extrae el rito de su geografía y conflicto histórico.

  2. Idealizar: Proyecta valores contemporáneos (ecologismo, crítica al capital) sobre sociedades complejas.

El resultado es un espejo: el pasado ya no nos interpela con su diferencia radical; solo nos devuelve la imagen de lo que queremos ser.

V. El mecanismo de la legitimación retrospectiva

La lógica de la coartada sigue cuatro pasos:

  1. Intuición: Surge una idea contemporánea necesaria (ej: cuidado del ecosistema).

  2. Revestimiento: Se busca un mito o texto antiguo que rime con ella.

  3. Sustitución: La antigüedad del mito reemplaza a la necesidad de argumentar.

  4. Desactivación: Se cancela la crítica, pues cuestionar la idea se vuelve un ataque a "la tradición sagrada".

Aquí reside la paradoja: cuanto más se invoca al pasado para validarse, menos se lo respeta. Se le utiliza como un testigo mudo que no puede contradecirnos.

VI. Ética del presente: Pensar sin permiso

Es necesario distinguir entre el fraude (la cita inventada), el anacronismo ingenuo (la lectura sin rigor) y la reapropiación creativa. Esta última es la única honesta: reconocer que estamos creando algo nuevo a partir de fragmentos antiguos.

La pregunta decisiva no debe ser: “¿Es esto lo que decían los antiguos?”, sino: “¿Es esto verdad hoy?”. Apelar a la antigüedad no nos exime del riesgo de pensar. Una idea no es mejor porque tenga tres mil años; es mejor si ilumina la complejidad de la experiencia presente.

Pensar desde el presente no es una forma de arrogancia; es un acto de honestidad intelectual. Es asumir la carga de responder por nuestras propias intuiciones sin pedir permiso a los muertos.

Cierre

El pasado no es un cofre que entrega verdades intactas; es un campo de escombros y relámpagos. Somos nosotros quienes decidimos si usamos esos restos para construir herramientas o para fabricar máscaras.

Cuando el pasado se convierte en argumento, el pensamiento se petrifica. Cuando el pasado es un interlocutor, el pensamiento comienza.




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