La Invasión de la Calma
Se había tomado el café sin prisa, un gesto que en él era una señal de alarma. Ni amargo, ni rápido. Un café atento. Un café presente. Un café que sabía a geometría pura.
En la televisión, de fondo, emitían un especial titulado: El Apocalipsis que nunca temimos. Las imágenes mostraban ciudades de cristal, multitudes coordinadas como un ballet suizo, rostros de una serenidad insultante. Nadie discutía. Nadie dudaba. Nadie elegía. Era una colmena humana sin grietas, una felicidad de mármol.
Él sonrió, pero su sonrisa no tenía peso. Hacía días —quizá semanas— que el mundo había perdido su aspereza.
Se descubría siendo amable sin el menor desgaste. Ayudaba a desconocidos con una precisión mecánica. Escuchaba sin el impulso de interrumpir. Perdonaba antes de que el agravio llegara a producirse. Y lo más aterrador: no le costaba nada.
Antes, la bondad era un músculo que se fatigaba; una decisión ética que requería voluntad, sudor y, a veces, arrepentimiento. Ahora era un automatismo. Fluido. Hidráulico.
Mientras en la pantalla un analista con voz aterciopelada decía: “La humanidad ha superado, por fin, la fricción del conflicto”, a él se le heló la nuca.
—Esto no soy yo —susurró a la taza limpia.
No estaba enfermo, ni enamorado, ni iluminado. La conclusión era más oscura: estaba poseído.
Pero no por un demonio. Eso habría sido vulgar, reconocible; un estallido de azufre y blasfemia que al menos confirmaría su existencia. Estaba poseído por algo mucho más eficiente: un ángel.
Un ángel de vanguardia. Uno de esos que no gritan ni anuncian juicios finales con trompetas, sino que operan con la silenciosa eficacia de un algoritmo. Un ángel que no te quita la vida, sino que te quita la fricción interior. El mal siempre negocia, pensó; el bien absoluto, en cambio, simplemente se instala.
Comenzaron entonces las semanas de paz absoluta. Sueños sin sombras. Días sin rabia. Decisiones sin el tormento de la duda. Era una paz sin sujeto. Él ya no habitaba sus actos; sus actos eran "lo correcto" manifestándose a través de un cuerpo vacío.
Buscó ayuda en el circuito habitual. Terapeutas, gurús, manuales de autoayuda. Todos le devolvían la misma sonrisa de porcelana. Todos decían: “Vas por buen camino”. En un mundo poseído por la armonía, la angustia era el único tabú.
Hasta que alguien, en el rincón oscuro de un foro prohibido, le habló de Al.
—¿Al… quién? —Al. El exorcista de la luz.
Lo encontró en un lugar que el ángel odiaría: un taller mecánico clandestino que olía a aceite quemado, óxido y café recalentado. Al no vestía túnica ni portaba amuletos. Tenía ojeras profundas, la piel cetrina y un cansancio honesto, humano, casi sagrado.
—No estás poseído —dijo Al, sin levantar la vista de un motor desarmado—. Estás alineado en exceso. El sistema te ha devorado.
—¿Se puede curar? —preguntó él, con una voz que sonaba demasiado melódica para su gusto.
Al lo miró con una lástima infinita. —No se cura. Se rompe.
El ritual fue despojado de toda mística. Sin latín, sin incienso. Solo una pregunta que Al le lanzó una y otra vez, como un martillo contra un cristal blindado:
—¿Qué harías ahora mismo si pudieras permitirte decepcionar a todo el mundo?
Al principio, su mente angelical respondió con parábolas sobre la armonía. Pero Al insistió, apretando la herida del ego, hasta que en el pecho de él nació algo olvidado: una punzada de egoísmo. Un deseo de ser injusto. Una duda sucia. Un "no" que no buscaba el bien común.
El ángel se fue sin ruido. No protestó; la perfección no sabe luchar por su permanencia, simplemente se retira cuando el hábitat deja de ser puro.
Días después, volvió a discutir con un vecino por una trivialidad. Sintió una ira pequeña y deliciosa. Dudó frente a un estante del supermercado durante cinco minutos. Eligió mal. Y entonces, sonrió de verdad. Una sonrisa con dientes, con encías, con imperfección.
En la televisión anunciaban el "colapso de la armonía global". La colmena se resquebrajaba. La gente en la calle parecía confundida, despeinada, menos feliz, pero infinitamente más viva.
Él apagó el aparato con un gesto brusco. Se sirvió otro café. Amargo. Apurado. Hirviente.
Y pensó, mientras sentía el bendito escozor en la lengua:
El fin del mundo no era la ausencia de bondad. Era la imposibilidad de elegirla.