El suelo bajo la técnica
Cómo Ortega y Zubiri, leídos juntos, le dan una antropología a las terapias de tercera ola
Hay una escena que todo clínico conoce. Un paciente deja de pelear con su pensamiento "soy un fracaso" y, sin que cambie una sola coma de la frase, algo en su cuerpo se afloja. La técnica lo llama defusión. Pero la técnica no explica por qué funciona, ni qué clase de ser es aquel para quien una frase puede pasar de jaula a ventana. Esa explicación existe, está escrita en español y lleva casi un siglo esperando.
Índice
I. La lengua de la calle: Ortega y el Heidegger legible
II. El cuerpo que faltaba: Zubiri
III. Lo que la clínica ya hacía: la tercera ola
Conclusión. La habitud como unidad de cambio
I. La lengua de la calle
En 1914, trece años antes de Ser y tiempo, un madrileño de treinta y un años escribió una frase que cabe en una taza: "yo soy yo y mi circunstancia". Es una de las formulaciones más limpias del ser-en-el-mundo que haya dado el siglo XX. Heidegger tuvo que fabricar una lengua entera para llegar a una intuición vecina, con sus guiones, sus arcaísmos y su sospecha de que el habla corriente estaba podrida por el "uno". Ortega hizo lo contrario: le pidió al habla corriente que subiera a la altura del problema.
La vida como quehacer corresponde a la Sorge. El programa vital es el Entwurf. El náufrago que se agarra a ideas para no hundirse es la Geworfenheit con salvavidas. Que el propio Ortega reclamara prioridad en el "Prólogo para alemanes" es un detalle de historiografía menor, y la discusión sigue abierta. Lo decisivo es que una misma intuición puede decirse a dos temperaturas, y que la más fría no siempre es la más profunda.
Hay además una pieza que Heidegger no tiene con ese filo. En Ideas y creencias (1940), Ortega separa lo que se tiene de aquello en lo que se está. Las ideas se discuten y se cambian. Las creencias son el piso: no se sostienen, sostienen. Quien cree que el mundo es peligroso no sostiene una opinión, vive en un mundo peligroso. Aquí ya late, sin nombre clínico, toda la psicoterapia.
II. El cuerpo que faltaba
Pero Ortega tiene un punto ciego, y es el cuerpo. Su razón vital es una razón de biografías y de épocas, y se queda corta en el organismo, en el estímulo y en la carne que siente antes de pensar.
Zubiri estudió con Heidegger en Friburgo y salió de allí con una objeción. Si lo primero fuera comprender el ser, el humano sería ante todo un intérprete. Pero antes de interpretar, algo ya nos ha golpeado. En Inteligencia sentiente (1980-83), sentir e inteligir son un solo acto, y lo que ese acto aprehende no es un "ser" sino una realidad, algo que está ahí de suyo, imponiéndose. Antes del juicio hay impresión. Antes del sentido hay roce.
Con esto el edificio se completa. Ortega entrega la vida como radical y la circunstancia como medio. Zubiri entrega el modo en que esa circunstancia nos toca: sentientemente, en cuerpo, con afecto. Y entrega además la palabra clave de su antropología, la habitud, el modo de habérselas con las cosas como realidad. El ser humano no tiene un mundo: se lo habita, y la manera de habitarlo es lo que lo hace persona.
III. Lo que la clínica ya hacía
Ahora mira las terapias de tercera ola con esas dos lentes.
La defusión de ACT es el paso orteguiano de creencia a idea: ver desde fuera lo que antes era suelo. El mindfulness, en MBCT, entrena el territorio zubiriano de la aprehensión previa al juicio, esa atención que recibe antes de interpretar. La activación conductual y los valores son el proyecto vital sin metafísica, y la terapia narrativa de White y Epston es la tesis de que el humano no tiene naturaleza sino historia, convertida en método. Hasta la unidad de análisis del contextualismo funcional, la persona en su contexto, es la circunstancia con otro nombre.
Y no se trata de una analogía caprichosa. Binswanger y Boss construyeron la clínica heideggeriana. Gendlin sacó el felt sense de Heidegger. Dreyfus leyó a Heidegger contra la IA simbólica, y Varela lo llevó a la cognición enactiva. El puente tiene pilares. Solo faltaba que alguien mirara hacia el lado hispano del río.
Conclusión: la habitud como unidad de cambio
Aquí va lo que ni Ortega ni Zubiri ni la tercera ola dijeron por separado. Hoy la clínica busca procesos: el giro hacia la terapia basada en procesos (Hayes y Hofmann, 2017) pregunta qué unidades de cambio sirven entre diagnósticos. Se proponen flexibilidad psicológica, evitación experiencial, fusión cognitiva. Son nombres operativos, útiles, y sin antropología detrás.
La propuesta es que esas unidades son facetas de una sola: la habitud. Ni el pensamiento ni la conducta cambian primero. Cambia el modo de habérselas con la realidad, y los pensamientos y las conductas son lo que se ve desde fuera cuando eso ocurre. Una terapia funciona cuando logra que alguien se las haya de otra manera con lo mismo. Con esta tesis, ya no puede pensarse el cambio clínico como corrección de contenidos. La técnica deja de ser un conjunto de maniobras y pasa a ser una pedagogía de la habitud.
Queda, sin cerrar, una línea que parece lateral. Hayes se reconoce en el pragmatismo y en Pepper, y no en la fenomenología. Si el puente lo tendió la filosofía y no la clínica, quizá la pregunta ya no sea si la tercera ola necesita a Ortega y a Zubiri, sino por qué llegó hasta ellos sin haberlos leído.