Del palacio interior al sujeto operativo
Afantasía, arte de la memoria y externalización de la mente: ¿estamos pasando de una cultura de la interioridad a una cultura de la conexión?
Durante siglos, Occidente imaginó que pensar significaba, en buena medida, representar algo dentro de la mente.
Recordar era recuperar.
Imaginar era producir imágenes.
Aprender era incorporar.
Pensar era, al menos parcialmente, operar sobre representaciones internas.
Pero quizá esta descripción ya no sea suficiente para comprender al sujeto contemporáneo.
Vivimos rodeados de dispositivos que recuerdan por nosotros, calculan por nosotros, localizan por nosotros, almacenan información por nosotros y producen representaciones que antes teníamos que construir mentalmente.
El teléfono guarda nuestros contactos.
El GPS guarda nuestros mapas.
Internet guarda cantidades de información que ningún individuo podría memorizar.
La inteligencia artificial comienza incluso a participar en operaciones lingüísticas, visuales y conceptuales.
En este contexto aparece una figura que podemos llamar el sujeto operativo.
No se trata de una categoría psicológica establecida, sino de una hipótesis filosófica y sociológica: un sujeto cuya capacidad de desenvolverse en el mundo depende cada vez menos de poseer internamente una representación completa de la realidad y cada vez más de su capacidad para operar con sistemas, relaciones, herramientas y conexiones externas.
Esta hipótesis permite establecer una conexión inesperada con un fenómeno relativamente reciente en la psicología cognitiva: la afantasía.
La pregunta que surge es inquietante:
¿podría el descubrimiento de la afantasía ayudarnos a comprender que la interioridad visual nunca fue la única forma posible de pensamiento?
La afantasía no es la ausencia de imaginación
La afantasía suele describirse como la ausencia o marcada reducción de la capacidad de generar imágenes mentales voluntarias.
El término se popularizó en la investigación contemporánea a partir del trabajo de Adam Zeman, Michaela Dewar y Sergio Della Sala sobre personas que podían realizar tareas visoespaciales pese a no experimentar imágenes mentales visuales de la manera habitual. (PubMed)
La investigación posterior ha mostrado que la capacidad de visualización presenta un continuo, desde niveles muy bajos hasta la hiperfantasía. La afantasía constituye, por tanto, uno de los extremos de una variabilidad cognitiva mucho mayor de lo que durante mucho tiempo se supuso. (PubMed)
Pero hay algo especialmente importante.
No tener imágenes mentales voluntarias no equivale a no pensar.
Una persona puede conocer perfectamente las características de un objeto sin verlo mentalmente.
Puede saber cómo es una casa sin contemplarla interiormente.
Puede recordar que una persona tiene el pelo oscuro sin «ver» su rostro.
Puede conocer una ruta sin recorrerla visualmente en su imaginación.
Esto obliga a separar dos cosas que nuestra cultura ha tendido a aproximar demasiado:
representar algo internamente y saber operar con ello.
La investigación actual utiliza precisamente la afantasía para estudiar esta diferencia. Una revisión publicada en Nature Reviews Psychology señala que el fenómeno ofrece una oportunidad para investigar qué papel desempeñan las imágenes mentales y las simulaciones sensoriomotoras en la cognición. (Nature)
La afantasía, por tanto, puede funcionar como una especie de experimento natural sobre la arquitectura de la mente.
Nos obliga a preguntar:
¿cuánto de lo que llamamos pensamiento depende realmente de una imagen interior?
El viejo supuesto del teatro interior
Esta pregunta adquiere profundidad cuando la colocamos dentro de la historia de la cultura occidental.
No siempre pensamos sobre la mente como lo hacemos hoy.
La tradición del arte de la memoria es particularmente reveladora.
Desde la Antigüedad, los tratados de retórica desarrollaron técnicas basadas en lugares e imágenes. El procedimiento consistía, simplificando mucho, en organizar la información mediante espacios conocidos y asociar contenidos con imágenes capaces de facilitar su recuperación.
Frances Yates convirtió esta tradición en uno de los grandes objetos de estudio de la historia intelectual del siglo XX. Su The Art of Memory, publicado en 1966, reconstruyó una larga tradición que va desde la Antigüedad hasta el Renacimiento y mostró la importancia de los lugares y las imágenes en la memoria occidental. (Google Libros)
El principio es fascinante.
Para recordar un discurso, el individuo podía construir mentalmente un edificio.
En cada lugar colocaba una imagen.
Cada imagen representaba algo.
Después recorría mentalmente el edificio.
La memoria se convertía así en una arquitectura.
Pero era una arquitectura interior.
El conocimiento se organizaba dentro de la mente.
Bruno y el perfeccionamiento de la máquina interior
La tradición alcanza una extraordinaria complejidad en el Renacimiento.
En Giordano Bruno, las imágenes, los lugares, las ruedas combinatorias y los sistemas simbólicos no son simplemente trucos para recordar listas.
Forman parte de una concepción mucho más ambiciosa del conocimiento.
La mente podía organizarse mediante estructuras.
Podía establecer correspondencias.
Podía combinar elementos.
Podía producir nuevas relaciones.
La memoria se aproximaba así a una máquina simbólica.
Y aquí aparece una conexión muy interesante con nuestra hipótesis.
El arte de la memoria puede interpretarse como una tecnología destinada a aumentar la capacidad de operación interna del sujeto.
El individuo construye dentro de sí una infraestructura cognitiva.
Un palacio.
Un teatro.
Una rueda.
Un sistema de lugares.
Una red de imágenes.
La mente se convierte en una especie de dispositivo.
Pero después ocurre algo decisivo.
La cultura comienza a construir esos dispositivos fuera de la mente.
De la memoria interior a la memoria exterior
La escritura ya había producido una transformación fundamental.
Una sociedad oral depende en gran medida de procedimientos corporales, lingüísticos y sociales para conservar y transmitir información.
La escritura permite fijar información fuera del organismo.
Walter J. Ong estudió precisamente la transformación cognitiva asociada al paso de la oralidad a la escritura y posteriormente a los medios electrónicos. Su tesis no consiste simplemente en que la escritura permita almacenar más información, sino en que las tecnologías de la palabra pueden modificar las formas en que organizamos el pensamiento y la expresión. (Google Libros)
Merlin Donald desarrolló una idea complementaria desde la evolución cognitiva: determinadas capacidades humanas se relacionan con tecnologías simbólicas y con formas de almacenamiento externo de información. (Cambridge University Press)
Esto permite formular una idea más amplia:
la historia de la inteligencia humana también puede contarse como una historia de externalización.
Primero recordamos con el cuerpo.
Después con palabras.
Después con escritura.
Después con libros.
Después con archivos.
Después con fotografías.
Después con ordenadores.
Después con redes.
Y ahora con sistemas de inteligencia artificial.
No estamos simplemente acumulando herramientas.
Estamos construyendo una infraestructura cognitiva fuera del individuo.
La mente extendida
Esta intuición tiene además un equivalente explícito en la filosofía contemporánea.
En 1998 Andy Clark y David Chalmers publicaron «The Extended Mind», uno de los textos fundamentales de la filosofía de la mente contemporánea. Allí plantearon la posibilidad de que determinados procesos cognitivos no estén confinados estrictamente al cerebro y al organismo, sino que puedan incluir elementos del entorno cuando estos participan funcionalmente en la actividad cognitiva. (Wiley Online Library)
La idea es conocida como tesis de la mente extendida.
Su importancia para nuestro argumento es enorme.
Porque permite pensar que una libreta, un mapa, una agenda, un dispositivo o una estructura espacial no son necesariamente simples objetos que ayudan a una mente ya constituida.
En determinadas circunstancias pueden formar parte del propio sistema mediante el cual esa mente piensa y actúa.
Entonces cambia la pregunta.
Ya no preguntamos solamente:
«¿Qué hay dentro de la cabeza?»
Preguntamos:
«¿Dónde termina el sistema cognitivo?»
Y aquí el sujeto operativo comienza a aparecer con mayor claridad.
El sujeto operativo
Carlos Pérez Soto resulta especialmente interesante en este punto.
En su reflexión sobre la subjetividad contemporánea critica la idea de un sujeto entendido como una entidad interior estable que simplemente existe antes de sus relaciones sociales. Su análisis insiste en la producción del sujeto mediante prácticas, relaciones y campos de acción. En Proposiciones en torno a la historia de la danza llega a hablar de un proceso de «subjetivación operativa». (sanfelipe.edu.uy)
No necesitamos convertir esto en una teoría de la afantasía.
Sería una extrapolación injustificada.
Pero sí podemos utilizarlo como punto de apoyo para formular una hipótesis:
quizá el sujeto contemporáneo esté definido cada vez menos por lo que contiene interiormente y cada vez más por las operaciones que puede realizar dentro de una red de relaciones.
El sujeto ya no es solamente quien posee representaciones.
Es quien sabe operar.
Seleccionar.
Conectar.
Consultar.
Transformar.
Responder.
Coordinar.
Activar.
La inteligencia comienza a parecerse menos a un almacén y más a una capacidad de navegación.
Del sujeto contemplativo al sujeto operativo
Podemos imaginar entonces una larga transformación.
El sujeto contemplativo busca comprender el mundo interiormente.
El sujeto mnemónico construye una arquitectura mental para conservarlo.
El sujeto alfabetizado descarga parte de esa arquitectura en el texto.
El sujeto moderno trabaja con documentos, instituciones y archivos.
El sujeto digital trabaja con redes.
Y el sujeto algorítmico comienza a trabajar con sistemas capaces de recuperar, ordenar y producir información en tiempo real.
No significa que las formas anteriores desaparezcan.
El sujeto contemporáneo sigue teniendo memoria, imaginación, emociones, cuerpo e interioridad.
Pero la proporción cambia.
Cada vez resulta menos necesario contener el mundo dentro de uno mismo.
Basta, en muchos casos, con saber cómo acceder a él.
Y entonces aparece la afantasía
Aquí podemos volver a nuestra pregunta inicial.
Una persona con afantasía no puede producir voluntariamente imágenes visuales de la misma manera que una persona con capacidad de visualización típica.
Sin embargo, puede desarrollar estrategias alternativas.
La investigación muestra precisamente que la afantasía no implica necesariamente una incapacidad general para realizar tareas cognitivas complejas. En algunos estudios aparecen diferencias en memoria autobiográfica o simulación episódica, pero también estrategias compensatorias y perfiles cognitivos diversos. (PubMed)
Esto es crucial.
Porque quizá nuestra cultura haya confundido durante mucho tiempo una herramienta cognitiva particularmente poderosa con la esencia del pensamiento.
La imagen es una herramienta.
La palabra es otra.
El espacio es otra.
El cuerpo es otra.
El movimiento es otra.
La acción es otra.
La relación entre objetos es otra.
Y una red externa puede convertirse también en una herramienta cognitiva.
La afantasía nos obliga a mirar esa diversidad.
Una hipótesis histórica más atrevida
Aquí podemos dar un paso más.
No afirmamos que la sociedad digital produzca afantasía.
No hay base para decirlo.
Tampoco afirmamos que las personas contemporáneas estén perdiendo biológicamente su capacidad de imaginar.
La hipótesis es diferente:
la aparición del concepto de afantasía puede ser entendida como un acontecimiento epistemológico propio de una época que ha empezado a distinguir entre pensamiento e imagen mental.
Durante siglos, las técnicas intelectuales occidentales concedieron una enorme importancia a las imágenes internas.
Hoy podemos observar con mayor precisión que no todas las personas las utilizan de la misma manera.
Y esto ocurre justamente cuando nuestra cultura ha construido una cantidad extraordinaria de representaciones externas.
Es como si hubiéramos construido un enorme laboratorio para estudiar la relación entre interioridad y exterioridad.
La paradoja histórica
Aquí aparece una paradoja.
Mientras el Renacimiento desarrollaba técnicas para enriquecer el mundo interior, la cultura contemporánea desarrolla tecnologías capaces de enriquecer el mundo exterior.
El antiguo maestro de memoria decía:
«Construye un palacio dentro de tu mente».
El teléfono parece decir:
«No necesitas recordarlo: yo lo guardo».
El GPS:
«No necesitas visualizar la ruta: yo te la muestro».
El buscador:
«No necesitas saberlo: puedes encontrarlo».
La inteligencia artificial:
«No necesitas producirlo completamente tú solo: podemos construirlo juntos».
El desplazamiento es extraordinario.
La infraestructura cognitiva se desplaza progresivamente desde el interior del individuo hacia un sistema distribuido.
Del palacio interior a la red
Podemos formular entonces una genealogía tentativa:
oralidad → memoria corporal → imagen mental → escritura → libro → archivo → ordenador → Internet → inteligencia artificial.
No es una evolución lineal ni necesariamente progresiva.
Cada etapa transforma las anteriores sin eliminarlas.
Pero hay una dirección histórica reconocible: la creciente capacidad de externalizar funciones cognitivas.
Esto permite reinterpretar el arte de la memoria.
No sería simplemente una colección de trucos antiguos.
Sería una de las primeras grandes tecnologías occidentales destinadas a construir una infraestructura cognitiva deliberada.
La diferencia con Internet es que aquella infraestructura estaba construida en la imaginación.
La nuestra está construida en redes materiales y digitales.
El sujeto ya no necesita contener la red
Esta transformación modifica también nuestra idea de autonomía.
El sujeto tradicionalmente autónomo era aquel que podía bastarse a sí mismo.
Recordaba.
Pensaba.
Decidía.
Calculaba.
Planificaba.
El sujeto operativo puede ser autónomo de otra manera.
No porque lo lleve todo dentro.
Sino porque sabe utilizar su entorno.
Una persona que sabe consultar un mapa no necesita memorizar todas las calles.
Una persona que sabe utilizar una biblioteca no necesita poseer todos los libros.
Una persona que sabe utilizar una calculadora no necesita realizar mentalmente todas las operaciones.
Una persona que sabe trabajar con inteligencia artificial no necesita producir individualmente cada componente de una respuesta.
Su competencia está en la relación.
En el acoplamiento.
En la selección.
En la dirección.
En la evaluación.
La interioridad no desaparece: cambia de lugar
Por eso quizá sea demasiado simple decir que estamos perdiendo nuestra interioridad.
Podría estar ocurriendo algo más interesante.
Estamos redistribuyendo la cognición.
Una parte permanece en el cerebro.
Otra en el cuerpo.
Otra en el lenguaje.
Otra en los objetos.
Otra en los documentos.
Otra en las instituciones.
Otra en los dispositivos.
Otra en las redes.
La mente contemporánea podría entenderse cada vez más como un sistema híbrido.
Y en ese contexto la afantasía adquiere un valor conceptual especial.
No porque represente el futuro de la humanidad.
Sino porque demuestra que la mente puede funcionar sin una de las formas de representación que nuestra tradición intelectual había considerado intuitivamente centrales.
Una nueva pregunta sobre la imaginación
La cuestión decisiva ya no sería:
«¿Puedes visualizar?»
sino:
«¿Cómo representas, recuerdas, anticipas y actúas cuando no visualizas?»
Y esta pregunta tiene consecuencias mucho más amplias.
Puede afectar nuestra comprensión de la memoria.
De la creatividad.
De la educación.
De la psicoterapia.
Del aprendizaje.
Del diseño de interfaces.
Del trabajo.
Y también del propio concepto de inteligencia.
Porque si la inteligencia no consiste únicamente en generar representaciones internas, sino también en coordinar representaciones externas, acciones corporales y relaciones con el entorno, entonces la mente humana siempre ha sido más distribuida de lo que imaginábamos.
La tecnología simplemente hace visible esa condición.
Del sujeto interior al sujeto conectado
Quizá el verdadero cambio histórico no sea el paso de un sujeto con interioridad a otro sin interioridad.
Es más sutil.
Podríamos estar pasando de una cultura que imaginaba al sujeto como contenedor a una cultura que lo entiende cada vez más como conexión.
El sujeto antiguo debía contener memoria.
El sujeto moderno debía contener conocimientos.
El sujeto contemporáneo necesita saber dónde están las cosas y cómo relacionarlas.
Su memoria puede estar fuera.
Su biblioteca puede estar fuera.
Su mapa puede estar fuera.
Su agenda puede estar fuera.
Su calculadora puede estar fuera.
Y cada vez más, determinadas operaciones de producción de lenguaje e imágenes también pueden estar fuera.
El sujeto operativo no es necesariamente un sujeto vacío.
Es un sujeto acoplado.
La afantasía como espejo de nuestra época
Tal vez por eso la afantasía resulte tan interesante para una teoría contemporánea de la subjetividad.
Nos recuerda que no existe una única arquitectura posible de la mente.
Algunas personas piensan mediante imágenes.
Otras dependen menos de ellas.
Algunas recuerdan mediante escenas.
Otras mediante conceptos.
Otras mediante palabras.
Otras mediante relaciones espaciales.
Otras mediante secuencias de acciones.
La mente humana parece menos una habitación idéntica para todos que una familia de arquitecturas posibles.
Y esto conecta inesperadamente con la historia del arte de la memoria.
Los antiguos intentaban construir arquitecturas interiores.
Nosotros estamos construyendo arquitecturas exteriores.
La diferencia es que hoy ambas pueden conectarse.
Una última hipótesis
Podemos cerrar con una hipótesis que todavía necesita investigación:
la historia de la subjetividad podría ser, en parte, la historia de cómo los seres humanos han aprendido a desplazar funciones cognitivas entre el interior y el exterior.
El arte de la memoria desplazó información hacia arquitecturas imaginarias.
La escritura la desplazó hacia signos materiales.
El libro la acumuló.
El archivo la institucionalizó.
El ordenador la automatizó.
Internet la conectó.
La inteligencia artificial comienza a participar en su transformación.
Y la afantasía nos recuerda que quizá nunca existió una única manera correcta de construir el mundo dentro de nosotros.
La gran transformación contemporánea podría no ser la desaparición de la interioridad.
Podría ser la aparición de un sujeto que ya no necesita llevar el mundo entero dentro de sí para poder operar en él.
Del palacio interior a la red.
De la imagen a la conexión.
De la memoria almacenada a la memoria distribuida.
Y, finalmente, del sujeto que contiene información al sujeto que sabe qué hacer con ella.
Una precisión importante
Creo que esta versión mejora mucho la hipótesis original porque no dice que la modernidad haya causado la afantasía. Eso sería científicamente muy difícil de sostener. La tesis más interesante es epistemológica e histórica: el descubrimiento y conceptualización de la afantasía coinciden con una época en la que también disponemos de mejores herramientas para distinguir representación, memoria, simulación y operación. La investigación actual confirma que la afantasía puede afectar ciertos aspectos de la memoria autobiográfica y la simulación futura, pero no equivale a una ausencia general de pensamiento ni constituye por sí misma un trastorno mental.
Además, la conexión con Pérez Soto puede hacerse de forma bastante precisa: «subjetivación operativa» → sujeto como efecto de campos de acción → mente distribuida/extendida → externalización cognitiva → afantasía como caso límite que obliga a separar imagen y pensamiento. Ahí hay, en mi opinión, una línea de investigación bastante más original que limitarse a hablar de «pérdida de interioridad».