Contra la pereza de llamar “superficial” a la imagen
Hay una crítica cómoda, casi automática, que se activa cada vez que aparece un filtro, un outfit calculado o una coreografía perfectamente iluminada: “qué superficial”. La palabra cae con superioridad moral, como si quien la pronuncia habitara mágicamente un territorio libre de forma, puro contenido, esencia intacta. Pero ¿desde dónde habla esa pureza?
Gran parte de la filosofía contemporánea ha desmontado esa fantasía. En Ser y tiempo, Martin Heidegger no nos invita a buscar un fondo escondido detrás de las cosas, sino a comprender que el ser acontece en su aparecer. No hay una esencia empaquetada al vacío esperando ser rescatada por espíritus profundos. Lo que hay es manifestación. Y manifestarse es tomar forma.
La fenomenología de Maurice Merleau-Ponty es todavía más incómoda para el crítico de la superficialidad: no percibimos primero una cosa neutra para luego vestirla de sentido; la cosa es ya sentido en su modo de darse. El cuerpo no es un envase del alma; es la manera en que el mundo se vuelve experiencia. ¿Superficial? No. Encarnado.
Llamar superficial a la estética es, en el fondo, una pereza metafísica. Es seguir creyendo que existe un “adentro” puro, incontaminado por la forma. Pero toda interioridad se articula en lenguaje, gesto, relato, imagen. No descubrimos un yo intacto en una excavación arqueológica del alma; lo construimos performativamente. Nos hacemos al expresarnos.
En la cultura visual contemporánea —de Instagram a TikTok— esto se vuelve explícito y por eso incomoda. El outfit, el filtro, la curaduría del feed no son necesariamente máscaras que ocultan la verdad; son dispositivos de configuración del yo. Quien elige una estética no está traicionando su esencia: la está ensayando.
Por supuesto, existe la banalidad. Existe la repetición acrítica, el molde vacío, la estética industrializada que produce identidades en serie. Pero eso no demuestra que la forma sea superficial; demuestra que puede empobrecerse. También el discurso “profundo” puede ser cliché. La retórica de la autenticidad puede ser tan performativa como el filtro más exagerado.
La sospecha clásica hacia la imagen viene de lejos. Desde Plato, la copia fue degradación, sombra de la verdad. Pero quizás el verdadero giro contemporáneo consiste en aceptar que no hay un original puro al que volver. La imagen no siempre es copia: a menudo es producción. Produce deseo, produce identidad, produce realidad social.
Decir que la estética es superficial es olvidar que toda ética necesita una puesta en forma. Incluso la crítica más severa contra el postureo adopta un estilo, una pose, una estética de la sobriedad. No existe el no-outfit. No existe el no-filtro. Incluso la supuesta transparencia es una construcción.
Tal vez la pregunta no sea cómo deshacernos de la imagen para llegar al fondo, sino qué tipo de formas queremos habitar. Porque la forma no es el barniz de la existencia: es su arquitectura visible. Y en tiempos donde todo se hace imagen, la verdadera responsabilidad no es huir de la estética, sino comprender su poder constitutivo.
Lo superficial no es la imagen. Lo superficial es no pensarla.