miércoles, febrero 25, 2026


El cuerpo olvidado: cuando lo visible también sostiene el alma

Hay algo curioso en el discurso contemporáneo sobre el malestar. Hablamos —y con razón— de trauma infantil, de sesgos cognitivos, de apego inseguro, de dopamina y serotonina. Analizamos la historia, la química, la narrativa interna. Pero rara vez nos detenemos con la misma seriedad en algo tan obvio que parece banal: cómo nos sentimos en nuestra piel al salir a la calle.

Sentirse bien con el propio cuerpo, con el rostro, con la manera de vestir y de “enmarcarse” ante el mundo no es un detalle frívolo. Es una experiencia cotidiana que moldea la autoestima de forma silenciosa. Y, sin embargo, culturalmente hemos aprendido a minimizarla. Si te importa demasiado tu aspecto, eres superficial. Si te duele no encajar estéticamente, deberías “trabajar tu interior”.

Pero ¿y si el interior también se construye desde fuera?

La fenomenología lleva décadas señalando que no somos una mente atrapada en un cuerpo, sino cuerpo vivido. Maurice Merleau-Ponty insistía en que no “tenemos” cuerpo: somos cuerpo en el mundo. Eso significa que la forma en que habitamos nuestra apariencia no es un accesorio psicológico; es estructura de experiencia. Si me siento torpe, feo o desalineado con mi imagen, no es un simple pensamiento irracional flotando en el vacío: es una vivencia encarnada.

En ciertas etapas de la vida —adolescencia, primeros años adultos, momentos de transición— esto se vuelve especialmente decisivo. El cuerpo cambia, la identidad se redefine, la mirada de los otros pesa más. Pretender que todo se resuelve ajustando creencias o revisando el pasado es, a veces, ignorar una dimensión inmediata y concreta: cómo me veo y cómo me siento siendo visto.

La cultura terapéutica ha avanzado mucho en comprender heridas profundas. Pero a veces comete un error sutil: sobrerrepresentar lo invisible y subestimar lo visible. No todo malestar es trauma reprimido. A veces es simplemente que no me reconozco en el espejo. Que no he encontrado una forma estética que exprese quién estoy siendo. Que no me siento cómodo en mi propia presentación.

Y eso importa.

No porque debamos someternos a estándares imposibles o a la tiranía de la imagen, sino porque la estética también es agencia. Elegir cómo vestir, cómo peinarse, cómo entrenar el cuerpo, cómo posar ante el mundo es una manera de intervenir activamente en la propia identidad. No es narcisismo automático; puede ser construcción de coherencia.

La autoestima no nace únicamente de narrativas internas saludables; también se alimenta de microexperiencias de alineación. Salir de casa y sentir que “esto soy yo”. Moverse con seguridad porque el cuerpo responde. Reconocerse en el propio estilo. Esa sensación, aparentemente trivial, puede estabilizar más que muchas horas de análisis.

Criticar la importancia del aspecto como superficial es, en cierto modo, un lujo de quien ya se siente cómodo en su piel. Para quien no lo está, el cuerpo no es un detalle: es el escenario constante de su identidad. Ignorarlo en nombre de una profundidad psicológica es dividir artificialmente lo que en la experiencia está unido.

Quizá ha llegado el momento de integrar ambos planos. Sí, importan los traumas, los pensamientos, la neuroquímica. Pero también importa la textura concreta de la presencia: cómo camino, cómo visto, cómo me siento al ocupar espacio. No porque la imagen sea lo único, sino porque es una de las formas más inmediatas en que el yo se sostiene.

Lo cotidiano no es superficial. A veces es lo más decisivo.



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