martes, enero 06, 2026

La trampa del «Yo nunca»: Moral, identidad y la tiranía del estado

Todos hemos pronunciado alguna vez la sentencia: «Yo nunca haría eso». Lo decimos desde la seguridad del sofá, con el cuerpo regulado, la mente clara y el mundo en orden. Pero esa frase —tan tranquilizadora como elegante— esconde una trampa cognitiva: confunde quiénes somos ahora con quiénes seríamos allí. Y entre el "aquí" y el "allí", lo que media no es la voluntad, sino el estado.

I. La moral del observador: Juzgar desde el refugio

«No vemos las cosas como son, las vemos como estamos».

Cuando proyectamos nuestra conducta en situaciones límite —hambre, miedo, presión grupal— cometemos un error de simulación. Proyectamos nuestra fisiología actual sobre un contexto que no compartirá ni nuestro cuerpo, ni nuestra emoción, ni nuestras prioridades. Así nace la moral imaginada: un conjunto de juicios coherentes en la teoría, pero huérfanos de cuerpo.

El caso de los Andes es el ejemplo definitivo. Desde la comodidad del hogar, el acto de antropofagia se juzga como una transgresión tabú. Desde dentro del fuselaje, el acto fue una liturgia de supervivencia y cuidado mutuo. Lo sorprendente no fue la ruptura de la norma, sino cómo la moral se reorganizó para servir al vínculo.

Lección: Juzgar una conducta sin compartir el estado fisiológico y contextual del otro no es justicia; es falta de imaginación.

II. La identidad líquida: El Yo como sistema sensible

Creemos en un Yo continuo, pero somos sistemas biológicos esclavos de sus estados.

  • El cuerpo con hambre no decide igual: la gratificación inmediata se vuelve la única moneda válida.

  • El cuerpo intoxicado no valora igual: el lóbulo frontal cede el mando a la descarga motora.

  • La presión grupal no persuade con argumentos; reconfigura el sentido de pertenencia para que la traición se sienta como muerte social.

Fallamos al predecirnos en el acoso escolar o en el silencio cómplice porque sobreestimamos nuestra inmunidad. No hace falta ser cruel para dañar; basta con un estado de miedo que ponga los valores en pausa. Sin un cuerpo que los sostenga, los valores son solo literatura.

III. El cambio estratégico: Cuando el hacer precede al entender

El dogma clínico tradicional dicta: primero comprender (diagnóstico), luego intervenir (tratamiento). Sin embargo, la terapia estratégica y los enfoques posmodernos invierten el orden. A menudo, entender el porqué de un problema solo sirve para fijarlo en la identidad.

El cambio real suele ser contraintuitivo:

  1. Metas mínimas: No busques la raíz del trauma, busca la primera excepción al problema.

  2. Acción sobre reflexión: El cambio conductual temprano reorganiza el estado bioquímico.

  3. Futuros sobre pasados: Desplazar la conversación del déficit a la competencia devuelve la agencia al sujeto.

Paradójicamente, cuando movemos el cuerpo y la acción, el "entendimiento" llega después como una consecuencia natural de haber habitado un estado nuevo.

Recapitulación: La infraestructura de la ética

Las tres piezas convergen en una sola tesis: la ética, la identidad y el cambio son dependientes del estado.

  • Moral: Juzgamos desde estados que no estarán presentes en el conflicto.

  • Identidad: No somos una esencia fija, sino una respuesta al contexto.

  • Cambio: Intervenir en la acción reorganiza el estado sin necesidad de arqueología mental.

La prevención moral no se logra con sermones, sino con el diseño de contextos. Dormir, comer, establecer límites y cuidar los vínculos no son detalles superficiales; son la infraestructura mínima para que la ética sea posible.

Final sorprendente

Quizá la pregunta más honesta no sea «¿qué haría yo en esa situación?», sino:

«¿Qué condiciones necesito construir hoy para que, llegado el momento, mi estado no me obligue a ser quien temo?»

La ética madura no presume de pureza; diseña las condiciones para no tener que ser un héroe. El cambio duradero no exige una voluntad de hierro; empieza por algo mucho más humilde: mover el estado para que el Yo pueda respirar.




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